Casi
todos los que lo vieron jugar concuerdan en que fue el más grande
jugador all-around blanco o negro que ha vivido. Podía jugar todas
las posiciones excepto la receptoría y algunos aseguran, incluso,
que esa también. Sentó cátedra en Cuba, México —donde lo apodaron El
Maestro—, Venezuela, República Dominicana y Estados Unidos.
Martín Magdaleno Dihígo Llanes (25/mayo/1906-20/mayo/1971) fue
una rara combinación de velocidad, fuerza y gracia incomparable.
Imposible describirlo con una sola palabra o frase. Harían falta los
testimonios de quienes jugaron con él para tener una idea de su
grandeza, afortunadamente recogidos por quien es considerado el
mejor historiador de las Ligas Negras, John B. Holway.
Hilton Smith, pitcher, Kansas City Monarch: "Dihígo lo podía
hacer todo: pitcher, buen bateador, buen fildeador. Él era un tipo
alto, lucía como Joe DiMaggio. Ese hombre podía jugar en el outfield
y, ¡0h!, podía tirar como nadie. Y lanzar, tiraba de todo por el
lado y por encima del brazo. Buena curva y una buena bola rápida,
muy buena. Si hubiera jugado en Grandes Ligas podría ganar el título
de más victorias. Y batear 300 también. Era una gente afable, muy
simpático".
Ted Page, jardinero, Homestead Grays: "Yo era muy buen amigo
de Roberto Clemente, pero Dihígo tenía un brazo como un cañón, mejor
brazo que Clemente".
George Wehby, editor del Havana Post: "¿Qué tipo de jugador
era Dihígo? Muy fácil: Muhammed Alí fue un boxeador; Jack Dempsey un
demoledor; Joe Louis era ambas cosas. Martín Dihígo fue el Joe Louis
del béisbol".
Armado con semejantes herramientas, Dihígo se convirtió en un
jugador extraordinario, capaz de batear de por vida 304 en más de 5
000 turnos al bate y de ganar más de 250 juegos, cifras ambas
aproximadas pues decenas de los box scores de la época se perdieron
lamentablemente.
Muchas de sus hazañas tuvieron por escenario México. En 1938 fue
campeón de bateo, con 387 de promedio, y líder de los lanzadores con
18 victorias, dos derrotas y promedio de 0,90. Ese mismo año,
lanzando con el Águila, se acreditó el primer cero jit-cero carrera
en la historia del béisbol mexicano. Lanzó otros dos juegos
similares en Venezuela y Puerto Rico.
En Cuba promedió 300 en nueve oportunidades y 400 en dos, con más
de 100 victorias en doce temporadas. Las Ligas Negras
estadounidenses y el béisbol mexicano lo vieron llevarse el crédito
del triunfo en más de 150 ocasiones debidamente acreditadas de
manera oficial, más quizás docenas perdidas en la historia.
El Dihígo pelotero fue excepcional. El Dihígo hombre fue igual,
patriota como su padre —sargento del Ejército Libertador—,
consecuente con sus ideas. Siempre dijo que no era político... pero
cuando el golpe del 10 de marzo de 1952 lió sus bártulos y no
regresó hasta 1959.
Fue la última etapa de su vida, entregando sus energías a la
Revolución, trabajando como entrenador, escribiendo una columna,
Desde el Pan de Matanzas, en el periódico Hoy. La muerte lo
sorprendió un día como hoy, a cinco de cumplir 65 años, víctima de
una trombosis cerebral.
El mejor epitafio que pudiera escribirse de su vida lo dijo
Satchel Paige, el más grande lanzador de las Ligas Negras. Paige fue
el primer jugador no blanco que ingresó en el Salón de la Fama de
Cooperstown, en 1971, seis años antes que El Inmortal. Cuando le
preguntaron como se sentía respondió: "No estoy feliz. Yo no soy el
número uno. Ese honor le corresponde a Dihígo".