Rubia,
menuda, cuatro años de edad y una irrefrenable vocación para la
danza, eran los avales de María Elena Llorente al ingresar, en 1950,
en la Escuela de Ballet de la Sociedad Pro – Arte Musical de La
Habana.
En 1954 abandonaría Pro – Arte en busca de un método de ballet
más riguroso y de más amplios horizontes, aunque su quehacer estaba
aún lejos de encaminarse hacia la vida profesional. Junto a Alicia
Alonso y Fernando Alonso, complementó su formación artístico-técnica
en la Academia de Ballet Alicia Alonso, donde conocería también de
las luchas que se libraban en el país por desarrollar un movimiento
de ballet libre de limitaciones elitistas. Su primera experiencia
escénica con el entonces Ballet de Cuba (hoy Ballet Nacional de
Cuba), se produjo en 1955, al interpretar el rol de uno de los
«Pajecitos» en las representaciones de El lago de los cisnes.
El mundo fascinante del teatro, la labor profesional de los
bailarines y el ejemplo del arte de Alicia Alonso, se mostraron
aleccionadores ante sus ojos infantiles. Años más tarde, el 11 de
junio de 1959, habría de realizarse su debut artístico profesional,
en el Teatro de la Escuela Normal de Maestros de La Habana, como
invitada del Centro Vocacional Artístico Musical de Guanabacoa, al
interpretar «Flores cristalizadas», en una escenificación del ballet
Cascanueces, de Chaikovski.
El triunfo revolucionario de 1959 abrió una nueva etapa en el
quehacer artístico de la joven bailarina. Superadas las penurias
económicas y las incomprensiones oficiales, el ballet cubano pudo,
al fin, ir a la conquista de sus grandes aspiraciones históricas.
Llorente se iniciaría profesionalmente al ingresar en 1962 en el
elenco del Ballet Nacional de Cuba, donde redobló esfuerzos en pos
del dominio técnico, la ductilidad estilística y la riqueza
expresiva, indispensable a todo verdadero artista de ballet.
El año 1967 marcaría la nueva altura de su vuelo artístico, al
ser promovida al rango de solista, que le dio a conocer como una
nueva personalidad del ballet cubano, de fuerte técnica y bella
apariencia escénica, capaz de otorgar un especial lirismo a cada una
de sus apariciones en la escena. Desde entonces, Llorente devino
favorita del público, quien no vaciló en definirla como sinónimo de
precisión y buen gusto.
En 1973 realizaría los estrenos mundiales de dos obras de gran
trascendencia, no solo en su repertorio como intérprete sino también
en el quehacer coreográfico de la compañía: Tarde en la siesta
y El río y el bosque, ambas de Alberto Méndez,
consideradas por el público y la crítica especializada como
verdaderas joyas de la coreografía cubana.
Llorente fue, desde sus inicios, una intérprete de un vasto
registro, en el que figuraron los ballets románticos y clásicos más
famosos, junto a coreografías de vanguardia, tanto cubanas como
extranjeras. En la misma medida que se producía su desarrollo como
bailarina creció una galería de personajes, muchos de ellos de
especial trascendencia en el quehacer coreográfico de la Escuela
Cubana de Ballet.
Con el Ballet Nacional de Cuba, donde ostentó el rango de Primera
Bailarina desde 1976, cosechó notables éxitos en sus numerosas giras
por América Latina, Europa, Asia, Estados Unidos, Canadá, y
Australia.
A lo largo de su valiosa y extensa trayectoria artística Llorente
se ha hecho acreedora de importantes galardones, tanto en su país
como en el extranjero.
El 28 de octubre del 2002, fecha en la que se conmemoraba el
aniversario 44 de la fundación del BNC e inauguraba el XVII Festival
Internacional de Ballet de La Habana, María Elena Llorente decidió
poner fin a su carrera como bailarina, dejando un saldo de más de
cuatro décadas de fecunda labor. A partir de entonces, la Llorente
ha dedicado todas sus fuerzas y vasta experiencia al campo de la
enseñanza como maître y estrecha colaboradora de Alicia Alonso en el
quehacer de la compañía, tanto en el plano nacional como
internacional, confiada en la perdurabilidad de la Escuela Cubana.
Después de medio siglo de total entrega profesional a esa
compañía y a esa Escuela, resume su legado para las presentes y
futuras generaciones, al decirnos, en su modesta manera de siempre:
"El ballet se ha desarrollado mucho en Cuba; pero me gustaría que el
Ballet Nacional se mantuviera siempre como el más fiel guardián de
ese pensamiento inicial, de esos sólidos principios que le han
ganado a nuestra Escuela un lugar en la historia. Me gustaría que
todo mi trabajo, durante tantos años, se viera como mi modesto
granito de arena en ese empeño".