De ese modo se expresó Andrés Torres Rodríguez un día antes de su
muerte, en una carta encontrada en la casa donde tuvo su último
refugio. Nunca imaginó que serviría de testamento político para
esbozar su semblanza, pensamiento y entrega a la causa
revolucionaria.
Su propia concepción del deber lo llevó aquella tarde del 28 de
junio de 1958 a la celada, cuando se dirigía a una cita en Juan
Bruno Zayas, entre Lacret y General Lee. Al recibir la llamada, se
preocupó por la posibilidad de que se tratara de una encerrona; lo
pensó, pero acudió al encuentro.
El traidor que lo llamó —sicario de la cuadrilla del criminal
Esteban Ventura— se escondió en un carro para identificarlo, estaba
acompañado por otros bandidos. Cuando apareció Andrés, lo dejaron
caminar hasta la mitad de la cuadra; entonces salieron y dispararon.
El joven acorralado trató de refugiarse detrás de un muro.
¡Ríndete!, le dijeron. En cambio, él contestó con tiros, resultó
herido... una, dos, tres, varias veces, hasta que su cuerpo se
desplomó.
Andrés representó la rebeldía y firmeza de su generación.
Intervino en la creación del Frente Estudiantil Nacional en la
Universidad Masónica mientras estudiaba en la Facultad de Derecho y
trabajaba como empleado en un laboratorio. En 1957 se incorporó al
Movimiento 26 de Julio. En su doble condición de dirigente
estudiantil y combatiente clandestino ocupó responsabilidades, ganó
prestigio y demostró capacidad como organizador y jefe.
Participó en los preparativos de la Huelga General de 1958;
luego, la persecución no tardó en llegar hasta él, pero nada quebró
su voluntad: ni los sacrificios personales, ni el riesgo. La
dirección del Movimiento le asignó una mayor responsabilidad:
Capitán de Milicias.
Andrés Torres se movió de un lugar a otro en las calles
habaneras, le motivaba la más pura de las aspiraciones: la libertad.